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Proyecciones en el Muro

  • Foto del escritor: Quinceminutos.MX
    Quinceminutos.MX
  • 11 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

En el noveno año de la última década, antes de abandonarse del todo al sueño, el señor Ramírez había adquirido la costumbre de contemplar el muro junto al que se encontraba su cama

Estatua

por Juan Norberto Lerma

Al terminar la cena, el día también había concluido; no obstante, el señor Ramírez se sentía lúcido. La somnolencia que le producían la taza de té y su ración de carne asada aún no lograba enturbiarle del todo el entendimiento; sin embargo, la necedad de su vigilia no lo inquietó en lo absoluto. Besó a su mujer por enésima vez, tal como lo había hecho desde hacía tres décadas, y a pasos cortos se alejó del comedor por el pasillo.


En el noveno año de la última década, antes de abandonarse del todo al sueño, el señor Ramírez había adquirido la costumbre de contemplar el muro junto al que se encontraba su cama. Se entretenía descubriendo figuras en las grietas naturales de la pared, antes de ser vencido por la placidez del entresueño.


Era un juego elemental, como identificar rostros o contornos de animales en las nubes. Sólo que allá, en el fondo celeste, todo era de una fugacidad exasperante. En cambio, en el muro, las imágenes permanecían nítidas y animadas durante más tiempo; además, el señor Ramírez no necesitaba hacer ningún esfuerzo mental para construirlas, bastaba mirar fijamente la pared y aguardar algunos minutos.


Luego de lavarse los dientes, adelantó a su mujer en el camino hacia la cama y se recostó a mirar las grietas, sin saber por qué disfrutaba la porosidad de la mezcla entre las grecas del tabique. Sin prisa, apareció una virgen perseguida por un fauno; en el extremo inferior de la derecha, una mendiga sin dentadura sonreía. La imagen lo turbó, pero continuó inmóvil, porque si hacía un movimiento el fauno desaparecía tras un pastizal.


Pese a la tenacidad del señor Ramírez por mantener aislada la visión, la imagen se difuminó cuando la virgen parecía casi rendida, y la mendiga se transformó en un sinnúmero de rostros infantiles que reían. Después, todo se tornó nebuloso.


Justo cuando entraba su mujer a la recámara, el señor Ramírez descubrió sobre el fondo blanco de la pared la silueta de un hombre sobre su lecho. Era un hombre viejo, tendido boca arriba, y su cara parecía crispada.


El señor Ramírez pensó en la desesperación de El Grito de Munch y bostezó sin dejar de mirar la pared. En el margen lateral izquierdo una mujer de cabellos canos parecía buscar acomodo junto al hombre que se debatía en el muro, y que, sin explicación alguna, de pronto se había quedado inmóvil. El señor Ramírez tuvo un sobresalto y quiso despertarse del todo.


Escuchó el crujir acompasado de un colchón y el rumor de un cuerpo amoldándose a su lado. Sintió las lágrimas de sus bostezos deslizarse por las grecas de sus pómulos y, sin poder evitarlo, casi con dolor, llevó sus manos a su cara blanca, para intentar aliviar con sus dedos de arenilla y cal el ardor de sus ojos terrosos colmados por el sueño.



Soy autor de los libros de poesía Delirium, El Imperio del Polvo y Cristo Pastor, Madre de Hierro.


También escribí Las Mariposas Cantan de Noche (cuentos), La Bestia Entre los Días (cuentos) y Perro Amor (cuentos).



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