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Huyendo para salvar sus vidas


Niños y familias en Centroamérica y México arriesgan sus vidas para escapar de la violencia y la pobreza


América Central.- En los últimos años, cada vez más niños y familias de América Central emigran hacia el norte por vías irregulares para reasentarse en los Estados Unidos. Algunos huyen de bandas brutales, mientras que otros tratan de escapar de la pobreza. Muchos esperan reunirse con sus familias en los Estados Unidos. A pesar de la aplicación más estricta de la ley de inmigración en México y los Estados Unidos, los niños y las familias de América Central seguirán realizando ese peligroso viaje si no se abordan las causas profundas de esta migración. La protección de los niños debe ser la base de cualquier solución.

En Honduras, las altas tasas de pobreza y violencia llevan a muchos niños a tratar de emigrar a los Estados Unidos. Enrique, de 19 años, de El Progreso, dice que no hay posibilidades de encontrar un trabajo honesto. Deportado de México mientras intentaba llegar a los Estados Unidos, planea volver a intentarlo pronto.

Unos barrotes en la ventana de una casa al lado de un solar controlado por maras en la ciudad de Rivera Hernández, Honduras.

Byron Venegas con su esposa, Yosari Samai Venegas Osorio, y sus dos hijos, Axel, de 2 meses, y Esteven, de 2 años, en su casa de El Progreso. Byron, quien ha intentado varias veces ir a los Estados Unidos, vivió algunos años en México. Se fue después de que la mara quiso obligarlo a vender drogas y amenazó con matarlo cuando él se negó.

Un signo de la paz en una pared de una casa en Rivera Hernández.

Christian, de 19 años, que vive en El Progreso con su abuela, también fue deportado recientemente de México mientras intentaba ir a los Estados Unidos. Él también intentará volver para buscar trabajo.

Un coche viejo y averiado en un barrio controlado por maras en Rivera Hernández, apodada la ciudad más peligrosa del mundo y capital mundial del asesinato por su alta tasa de homicidios.

[NOMBRES FICTICIOS] María y su hija Sandra, de 8 años, se abrazan en la Casa del Migrante, un centro de tránsito en Guatemala para deportados que pasan por la ciudad. Ambos fueron deportados de México. María, que huía de la pobreza y la violencia doméstica, pagó a un tratante por tres intentos de llegar allí, así que lo intentarán de nuevo.

Una cruz y una estatua del Guardián en una iglesia de Ciudad de Guatemala.

[NOMBRE FICTICIO] Pilar, de 15 años, y su familia también están en la Casa del Migrante en Guatemala. Huyeron de El Progreso, Honduras, después de que una niña de la escuela de Pilar amenazara con matarlos si Pilar no se unía a su pandilla como trabajadora sexual. “Fue difícil dejar a mis amigos, especialmente porque no pude despedirme. No podíamos arriesgarnos a que la pandilla se enterara”, dice Pilar.

Una casa controlada por maras en Rivera Hernández.

Ashley Andraras-Hércules, de 13 años, en Potrerillos, Honduras, sostiene una foto de su madre, quien falleció mientras vivía en Estados Unidos. “Ella quería un futuro mejor”, dice Ashley, “y se marchó para poder operarle el ojo a mi abuela”. Ashley y su hermana fueron deportadas cuando su madre murió y ahora viven con su abuela.

Un retrato de familia cuelga en una pared de su casa.

San Miguel Attican y su hijo Jorge, de 5 años, llegan al aeropuerto de Guatemala después de haber sido deportados de los Estados Unidos, donde ganaba 300 dólares a la semana vendiendo pescado. En Guatemala, trabajó como agricultor y ganaba casi ocho veces menos.

Eliasa, de 15 años, fue deportado de México al albergue Nuestras Raíces para menores migrantes en Quetzaltenango, Guatemala. Su bolsa contiene los pocos artículos que se llevó con él para ir a los Estados Unidos.

Alandra Hernández, de 14 años, alumna de la escuela Presentación Centeno, en el municipio hondureño de Choloma, forma parte de una coalición que aboga por la coexistencia pacífica en la escuela, donde hay mucha tensión y agresiones entre el alumnado. El director huyó después de ser amenazado por pandillas.

Un mural promueve la paz en Rivera Hernández, donde seis pandillas luchan por el control de la ciudad asolada por el crimen.

“La comunidad, la población en edad de trabajar, ha emigrado”, dice Henry Javier Menjivar Ramírez, director de la de la Escuela CEB Dr. Roberto Zuazo Córdoba en Potrerillos, Honduras. “La mayoría de ellos, porque no tienen trabajo... Teníamos 860 estudiantes y actualmente sólo tenemos 219”.

Libros y papeles usados en un viejo estante de un aula de Potrerillos.

Ingrid Castrillo, con su hija Jasmine, de 15 años, sonríe en el centro comunitario donde enseña, en Puerto Cortés, Honduras. “Decidí emigrar debido a la situación económica que tenía en mi país (Guatemala), y decidí viajar para tratar de conseguir una vida mejor, para que mi hija también pudiera tenerla”, dice Ingrid.

Una niña sostiene una pandereta en el centro comunitario.

* Ensayo fotográfico de Tanya Bindra y Olga Chambers, difundido el 15 de Agosto de 2018 por UNICEF (https://www.unicef.org/es/historias/huyendo-para-salvar-sus-vidas)

#migracion #centroamerica #historiasdemigrantes

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