El cordonazo de San Francisco: resiste Huauchinango tras el paso de la tormenta
- Felipe P. Mecinas

- 12 oct
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 15 oct
Deslaves y lluvias dejan 13 muertos, 4 desaparecidos y 30 mil afectados en la Sierra Norte de Puebla

Huauchinango, Pue. (Quinceminutos.MX). — Había estado lloviendo todo el día y antes de que anocheciera aquel miércoles, las calles de Huauchinango ya parecían espejos de agua quebrados. Grandes gotas de lluvia caían sobre los charcos y el viento hacía silbar las ramas de los pinos como un extraño susurro que pide silencio. Las familias cenaban sin prisa; en las cocinas, el vapor del café recién colado se mezclaba con el de las tortillas calientes. Todos esperaban que la lluvia fuera, como tantas otras veces, pasajera.
El fin de semana previo acababan de pasar las fiestas patronales de San Francisco de Asís, una fecha emblemática presente en el sincretismo religioso arraigado en estas comunidades de la Sierra Norte. Tanto, que marca el fin de la temporada de las lluvias veraniegas y, como si fuera parte de la tradición, su retiro queda marcado por el llamado “Cordonazo de San Francisco”. Se dice que el mismo San Francisco de Asis sacude las nubes con el cordón de su hábito y provoca un aguacero –uno de los más fuertes de la temporada– antes de que llegue el tiempo de las cosechas.
La alerta había llegado unas horas antes, cuando la Secretaría de Educación Pública (SEP) ordenó la suspensión de clases –para entonces ya había deslaves y caminos interrumpidos—. La medida incluyó a más de 7 mil instituciones de las Sierras Norte, Nororiental y Negra, toda la franja colindante con el estado de Veracruz. Desde las primeras horas, el cielo se había vestido de un gris cansado, y el aire olía a tierra húmeda y leña.
El agua que amainaba por ratos dejaba unas rachas de viento que meneaban las láminas mal puestas con un tac-tac-tac constante, mientras la llovizna volvía cada vez más intensa. Pero esa noche, el agua bajó por los cerros con la furia de quien no pide permiso, y para el amanecer del jueves, Huauchinango ya no era un pueblo, sino una corriente. Lo mismo estaba ocurriendo en otros pueblos de la Huasteca serranía.
El rugido de la montaña
“Se derrumbaron los caminos ahí para pasar a nuestra casa, se cayeron postes de luz y mi casa, una parte, se desbordó. Gracias a Dios no pasó a mayores”, recuerda Enrique Hernández Álvarez, vecino de la colonia Ruiz Cortines. Su voz vacila al contar que gritó por ayuda, pero nadie pudo llegar. La lluvia había cerrado las veredas y el sonido del agua lo cubría todo.
“Pedimos auxilio a emergencia, pero era imposible porque andaban en otros lugares más afectados”, relata, mientras lanza un llamado de ayuda para ser reubicado junto con su familia, al saber que ya no podrá volver a vivir en la misma ladera.
En Patoltecoya, Alma Yasmín Cruz Francisco logró escapar con lo que llevaba puesto, pero agradece por estar viva.
“El agua se metió dentro de nuestra casa, afectó todo prácticamente, nos quedamos sin inmuebles, sin camas ni nada. Todo es material, gracias a Dios todo es material. De mi familia todos estamos bien. Afortunadamente salimos a tiempo”.
La señora Bernarda Hernández, vecina suya, abrió su casa a quienes huían del cerro que se desplomaba.
“Estaba bajando el cerro y los vecinos llegaron aquí muy espantados y se les ayudó en lo que se pudo, los alojamos aquí. Es que la casa aquella la llevó el bordo, se cayó y se llenó de lodo”.
Una Sierra herida
Las tormentas no tuvieron piedad. Golpearon la Sierra Norte de Puebla como si quisieran arrancarla del mapa. En 38 municipios, la tierra se abrió, los ríos se desbordaron y las laderas se tragaron casas y caminos.
El saldo preliminar: 13 muertos, 4 desaparecidos por colapso de sus viviendas, más de 30 mil personas afectadas. Huauchinango, Pantepec, Francisco Z. Mena y Tlacuilotepec lloran a sus muertos.
Los ríos San Marcos y Zilima rugieron como bestias liberadas, arrastrando puentes, árboles, techos. Siete puentes colapsaron, ocho municipios quedaron a oscuras. En Tlalcoyunga, doce familias permanecían atrapadas en los techos de sus casas viendo el cerro convertido en agua, y —todavía la tarde del sábado—, esperaban ser rescatadas.
De acuerdo con el reporte del gobierno del estado, hasta el fin de semana se contabilizan siete puentes colapsados en los municipios de Tlacuilotepec, Juan Galindo, Tlaxco, Venustiano Carranza, Zihuateutla y Pahuatlán, así como ocho municipios sin energía eléctrica: Tlaxco, Zihuateutla, Pahuatlán, Naupan, Francisco Z. Mena, Tlaola y Xochitlán de Vicente Suárez, donde personal de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) ya trabaja para restablecer el servicio. Asimismo, se atendían con maquinaria 74 derrumbes.
El pulso de la solidaridad
En medio del caos, los uniformes verdes y azules llegaron con botas empapadas y rostros cubiertos de lodo. Mil 400 elementos del Ejército, la Marina y la Guardia Nacional se desplegaron entre cerros y cañadas. Llevaban víveres, palas y esperanza a quienes se quedaron sin nada.
El Recinto Ferial de Huauchinango se convirtió en refugio y centro de esperanza. En el aire flotaban el olor a humedad y a sopa caliente. Había niños abrazando cobijas, mujeres secando lágrimas con las mangas y una certeza compartida: el pueblo resistiría.
La señora Bernarda Morales, que rentaba una casa junto al río, fue sorprendida por la corriente. Sus vecinos acudieron en su auxilio.
“Estábamos durmiendo y ya nos dijeron que todo y ya cuando salimos el agua me llegaba por aquí así —dice mientras señala con ambas manos el nivel de su cintura— ya nos tuvimos que salir, pero, bueno, a tiempo salimos”.
Noé Solís Leiva, de La Ceiba, aún busca palabras para describir el desastre, y aún sin dimensionar la emergencia considera urgente la ayuda para las familias afectadas.
“Fue un desastre natural nunca antes visto. Yo creo que se colapsaron el Río San Marcos y el Río Zilima. Los años que he vivido aquí, y soy de aquí, nunca habíamos visto esta catástrofe”, refiere.
Allí mismo, en La Ceiba, el Hospital del IMSS Bienestar quedó inundado, luego de que el agua derrumbara una barda y se metiera hasta los cuneros donde había recién nacidos. Ni los cuerpos de emergencia pudieron movilizarse de inmediato hasta la zona. Una bebé tuvo que ser trasladada al hospital de Xicotepec, donde horas más tarde fue declarada sin signos vitales.
El gobierno entra al agua
Para el viernes, el gobernador Alejandro Armenta se trasladó a la zona, aún en medio de la emergencia y mientras la lluvia mantenía cerrados los caminos, comenzó a coordinar acciones para desplegar cinco brigadas en las tres regiones del estado.
“Aquí está el gobierno de la República, del estado y municipal; no nos vamos a mover hasta que todas las comunidades sean restablecidas, los accesos atendidos, las escuelas, hospitales y caminos estén en condiciones de tránsito”, explicó ante los vecinos que urgían atención ante el desastre.
La presidenta entre los escombros
El sol volvió tímido el domingo por la mañana. En los cerros, el vapor del agua subió como incienso que implora por una tregua. Los hombres comenzaron a rescatar lo perdido, las mujeres secaban ropa, los niños corrían entre el fango que aún olía a río.
Allí, entre charcos y lodo, llegó la presidenta Claudia Sheinbaum. Caminó entre los techos hundidos, escuchó a las madres, abrazó a los niños y atendió peticiones de familias que continuaban en zonas de riesgo.
A todos les ofreció apoyo y adelantó que se realizará un censo de damnificados para conocer la situación de cada uno.
“A partir del censo comenzaremos a entregar apoyos. Primero limpieza, luego reconstrucción. A nadie se va a dejar desamparado”, prometió.
Este lunes iniciará el censo de damnificados, mientras las escuelas —116 afectadas, 16 mil alumnos sin clases— esperan volver a abrir sus puertas cuando el barro se seque. Pero eso aún no será pronto, y tal vez el resto de la semana la situación continúe igual, hasta que personal especializado determine si los inmuebles son aptos para volver a utilizarse o no.



































































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