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Barbosa, 365 días y 800 noches hacia la reconstrucción

Actualizado: 19 oct 2020

La reconstrucción de Puebla, luego de los graves daños, algunos lamentablemente irreparables, que dejó el régimen morenovallista, es una tarea harto difícil, titánica; nunca nadie, desde las visiones más sensatas, se ha planteado que pudiera ser de otra dimensión.


La deuda descomunal del estado, impagable por generaciones; las graves violaciones a los derechos humanos de cientos de poblanos; el desdén a la mayoría para el beneficio de una perversa oligarquía; el descarado abuso y hurto al erario, para la creación de una clase política torcida, de nuevos ricos, decadentes y bribones, son algunos de los saldos que dejó la oscura y larga noche de 2011 a 2018.


¿Cómo esperar que en apenas siete meses se pueda reparar todo eso?


Es tan poco el tiempo, porque aún hay mucho que derrumbar, que derrocar, de los vicios del anterior sistema, para entonces comenzar a edificar, a literalmente reconstruir.


Luis Miguel Barbosa Huerta ha ejercido un gobierno de 365 días -se cumplieron el pasado 1 de agosto-, pero en realidad, su tiempo y el de la Puebla nueva, con el involucramiento de la lucha de muchos poblanos, debe contarse en distintas mediciones.


En principio, la lucha por derrocar al morenovallismo, la comenzaron formal e intensamente miles de poblanos en el verano de 2018, hace unas 800 noches con sus respectivos días.


Fue un camino largo, hasta conseguir el triunfo en las urnas en julio de 2018, pero vino el fraude y, luego, una serie de sucesos que, por respeto a los deudos, que ellos al fin de cuentas tienen su genuina pena, ya no se debe repasar.

Después, comenzó el barbosismo con, efectivamente, muchas expectativas.


Algunas puntualmente se han venido cumpliendo y otras más han debido ser postergadas por el funesto tiempo de la pandemia, que sorprendió al mundo, a México y a Puebla, cuando apenas se comenzaban a recoger con entusiasmo los escombros de los males del pasado, para ir entonces a la reedificación.


Pese a las frases del anecdotario, por las que algunos pretenden juzgar desde la amarga voz detractora, la emergencia sanitaria ha sido en Puebla afrontada con firmeza por el gobierno de Barbosa.


Quienes ansiaban que todo fallara y que el sistema hospitalario colapsara, que las calles se poblaran de cadáveres, se han quedado esperando para que sus aciagas predicciones se cumplan.


La reconversión de los nosocomios es el mayor de los atinos en la crisis de salud, como los apoyos directos y el diálogo, para quienes han querido tenerlo y aprovecharlo, con las autoridades.


En medio, inevitablemente, está la mezquindad de algunos y la necesidad protagónica de los adversarios políticos de Casa Aguayo, por atinar denuestos que, en la contundente mayoría de los casos, resultan cartuchos de salva.


Ha habido logros en seguridad pública y transparencia; el diálogo cara a cara de los ciudadanos con las autoridades estatales es una realidad, antes impensable; el campo tiene una inversión histórica y los apoyos, en efectivo y en insumos, se entregan ahora y por primera vez sin intermediarios.


Eso, a pesar de que, desde finales de febrero, poco se ha podido avanzar en el proyecto de estado que bien claro tiene el barbosismo, por la pandemia del Covid.


Se ha tenido que actuar, sin pensar en el aplauso, ni en las próximas elecciones. Se ha debido pausar el camino, para atender lo urgente y lo indispensable: la salud y la sobrevivencia.

De ahí que resulten tan maniqueas las lisonjas, tanto como las críticas que apenas pueden rescatar frases del anecdotario, para reprocharle algo a la actual administración.


El camino hacia la reconstrucción es largo, pero se avanza, pese a las veredas cerradas por derribo.


Ninguna evaluación debe pasar eso por alto y, si se toma en consideración, las cuentas que se hallan son de reconocerse.

El derrocamiento pacífico del nefasto pasado es una tarea de largo aliento. Así se debe entender.

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