Las elecciones intermedias han de ser de los gobernadores o no lo serán


La disputa por la candidatura de Morena en la ciudad de Puebla se acaba de convertir en un asunto de máxima prioridad. La incorporación a la estrategia de Gaby “La Bonita” Sánchez de perfiles de primer nivel, como José Tomé Cabrera y Carla López-Malo Villalón, sólo tiene una lectura: Pepe Chedraui debería disciplinarse a los principios de la 4T y hacerse a un lado o estar dispuesto a abrir una confrontación directa con el gobierno del estado que durará hasta 2030. Eso Puebla ya lo ha padecido.
Es menester retroceder 20 años en la historia política de Puebla para otear lo desastrosos que han sido los virreyes del “Charlie Hall”. Entre 2005 y 2008, cuando Enrique Doger aspiraba a ser candidato al gobierno del estado, pero tenía a Mario Marín en contra, la ciudad de Puebla tuvo que padecer un cierre de trienio marcado por el abandono. Las calles de la ciudad quedaron convertidas en zonas de guerra ante la falta de recursos. Avenidas como la Vía Atlixcáyotl, Juan Pablo II, el bulevar 5 de Mayo y la Diagonal Defensores de la República eran intransitables; la ciudad amanecía con toneladas de basura y las colonias se quedaban sin agua un día sí y otro también. La llegada de Blanca Alcalá cambiaría el escenario para la capital del estado al cierre del sexenio marinista.
Cabe recordar que la candidatura de Blanca Alcalá también fue arropada desde la estructura del Estado, con la incorporación del finado Rafa Quiroz —gran amigo de todos y entrañable—, quien en ese momento se desempeñaba como director de Imagen de Mario Marín y pasó a ocupar la Dirección de Comunicación Social del Ayuntamiento.
La tregua entre los gobiernos estatal y municipal pasó al olvido durante tres años, hasta el triunfo del PAN en 2011, cuando Eduardo Rivera Pérez ganó por primera vez la presidencia municipal y otro finado, Rafael Moreno Valle Rosas, destronó al PRI de su hegemonía política de 70 años.
Por cierto, Moreno Valle había querido ser candidato del PRI en 2006, pero fue hecho a un lado para darle paso a Marín, a quien algunos columnistas llegaron a llamar “El Benemérito de Puebla”. Sabedor de que tampoco sería candidato en 2010 y aprovechando el escándalo por el caso Cacho, astutamente saltó al PAN en 2006 para ocupar su primera senaduría y, posteriormente, volver al escenario político como candidato blanquiazul a la gubernatura.
El conflicto entre Moreno Valle y Lalo Rivera no tardó en aparecer, cuando el edil se opuso a que el Estado impusiera funcionarios y, claro, controlara los recursos municipales. El hielo volvió entre el gobierno del estado y el Ayuntamiento. Los ciudadanos terminaron pagando el precio. En esos años, las obras se quedaron en proyecto; solo se hicieron el CIS, la Megarrueda y la línea 1 de RUTA.
Fue hasta la llegada de Antonio Gali, en la elección intermedia, cuando, respaldado con todo el presupuesto del estado, tomó el control de la presidencia municipal y se realizaron obras como los distribuidores viales, los puentes atirantados, las líneas 2 y 3 de RUTA, el teleférico y el Museo Barroco. Gali, posteriormente, saltaría a la gubernatura en febrero de 2017 como una prolongación del mismo morenovallismo, dejando en el cargo a Luis Bank, pero con su misma estructura política.
El control estatal de toda la vida pública y política durante esos años no dejó espacio a las voces disidentes y mucho menos a los cuestionamientos. La exacerbación de esa rigidez llevó al grupo gobernante hasta la cuestionada elección de 2018, cuando, entre balazos y robo de urnas, se hizo del triunfo estatal, pero perdió la alcaldía de Puebla y varias de las principales presidencias municipales del interior del estado.
Fue entonces cuando alcaldes electos emanados de Morena y el PT, como Claudia Rivera Vivanco, de la ciudad de Puebla, y Felipe Patjane Martínez, de Tehuacán, fueron de los primeros en reunirse y respaldar a la futura gobernadora, aun cuando el morenista Miguel Barbosa Huerta —también ahora ya finado—, había impugnado la elección argumentando fraude electoral.
Llegaría así la toma de protesta de Martha Erika Alonso, en lo oscurito, en el Tribunal Superior de Justicia, luego de la modificación de la Constitución Política del Estado de Puebla, ante la imposibilidad de hacerlo en el pleno del Poder Legislativo. Pero solo transcurrirían 10 días para la tragedia.
Tras ganar Miguel Barbosa el proceso extraordinario de 2019, el distanciamiento con el gobierno de la capital regresó, al igual que con Tehuacán —a éste le costaría el cargo e ir a prisión—, derivado de lo que fue considerado una traición al proyecto barbosista. Los ciudadanos, una vez más, terminaron pagando el precio.
La desastrosa relación entre Barbosa y Vivanco llegó al punto de que la ceremonia del Grito de Independencia de 2021 —último año de Claudia Rivera— se realizó en Casa Aguayo. En señal de protesta, la alcaldesa colocó en el Zócalo de la ciudad un adorno con un águila que levantaba el vuelo y se llevaba entre sus garras la Campana de Dolores. Una segunda estructura, frente a Casa Aguayo, mostraba al águila depositando la campana. La división entre el Gobierno del Estado y el Gobierno de la Ciudad costó la derrota de la 4T en las elecciones de 2021 y le devolvió el triunfo al PAN de Lalo Rivera.
En este 2027 viene de nueva cuenta la elección intermedia, la determinante para cualquier gobierno. Porque es prácticamente un referéndum sobre la administración estatal, un termómetro del ánimo electoral de cara al cierre del gobierno y a la próxima gubernatura.
Por ello, las elecciones internas de Morena de cara a los comicios de 2027 son tan importantes para el gobierno de Alejandro Armenta.
No es para menos.
La definición puede poner en riesgo el 2030.
La campana ya sonó.
Estamos en el primer round.
Cuenta de X: @mecinas
Director de Quinceminutos.MX















































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